1998 – Ordenadores y escuela: una falsa alternativa

Ordenadores y escuela: una falsa alternativa
por Diego Levis
La enseñanza gratuita y universal es una de las grandes conquistas democráticas que caracterizan a las sociedades modernas. Con sus fallos y carencias la escuela ha sido y es el lugar en el que niños y niñas aprenden a leer y a escribir y también a concebir e interpretar conceptos abstractos.
Espacio de socialización en el que se desarrollan las primeras amistades, la escuela moderna es pieza primordial en el largo proceso de adquisición de conocimientos que permite que niños y niñas de toda condición socioeconómica, puedan, en principio, desarrollar toda su capacidad. Médicos, ingenieros, periodistas, economistas y electricistas, biólogos e informáticos, todos nosotros, hemos pasado gran parte de nuestra infancia en una escuela.
La denostada, anticuada escuela que se está quedando atrás, nos repiten los tecnófilos, en la nueva alfabetización de la sociedad de la información en la que el lenguaje audiovisual y la informática reemplazan al lenguaje alfanumérico tradicional. Un escenario de futuro que no necesariamente corresponde a una realidad contrastada. Por el contrario, la popularización de Internet parece haber favorecido el reforzamiento de la cultura escrita – en la red el desarrollo del texto escrito es mucho mayor que el de la imagen, muy condicionado por las limitaciones técnicas existentes aún.
Profetizan el fin cercano de la actual institución escolar, reemplazada por nuevas “comunidades educativas virtuales”, en la que el papel formador del profesor será supuestamente redefinido, debiendo asumir una nueva función de tutoría de “procesos de autoaprendizaje” conducidos por programas informáticos diseñados al efecto.
Sin poner en cuestión la incidencia y la utilidad cada vez mayor que tienen el ordenador y las redes telemáticas en la enseñanza, realmente me resulta difícil imaginar a mi hijo de doce años aprendiendo álgebra o a analizar un texto únicamente a través de la pantalla de ordenador. Mi escepticismo nada tiene que ver con una tendencia “tecnófoba”. Por el contrario, el ordenador es desde hace ya casi catorce años mi principal herramienta de trabajo y los usos sociales de los medios digitales mi principal objeto de estudio y reflexión.
Los niños, sus necesidades y expectativas, su afectividad, son los grandes olvidados en muchos de los panegíricos que se realizan sobre la introducción y el uso de los medios digitales en la enseñanza escolar. Se repite con obstinada y apresurada insistencia que (todos) los contenidos currículares son poco útiles para los alumnos fuera de las aulas, sin reparar en la superficialidad de tal juicio, ni inquerir en la opinión de los propios interesados. Es probable que si los autores de este tipo de análisis tuviesen la oportunidad de hablar con niños se llevaran más de una sorpresa. “Ahora, como sé hacer cuentas, en las tiendas ya no me engañan”, asegura Marga García una niña de once años, alumna del Colegio La Salle Condal de Barcelona para explicar porque considera útil ir a la escuela. “Sacando algunas pocas cosas de historia y geografía, pienso que lo que me enseñan en el colegio me sirve para algo”, afirma Demian Sotomayor, un alumno de trece años de las Escuelas Francesas de Barcelona que se queja más de la forma en que se le enseña que en los contenidos. “Me aburro”, explica. Opinión que seguramente comparten miles de estudiantes de secundaria quienes muchas veces echan en falta una relación más personal con sus profesores. Algo que el ordenador difícilmente podrá proporcionarles.
Resolver sus carencias y sus fallos sin desaprovechar sus ventajas y su potencial, es el desafío ante el que se enfrenta la enseñanza escolar. Tampoco hemos de obviar la perenne tradicional dimensión represiva de la escuela, aunque en crisis, aún vigente en su estructura organizativa. Se trata de encontrar modelos educativos capaces de motivar más a los alumnos y de ajustar a la realidad social los planes y los sistemas de estudio. Pero no por ello se debe desechar una institución que ha permitido la apertura hacia el conocimiento de amplios sectores sociales a quienes su acceso les estuvo vedado durante siglos.
Aprender es muy agradable, ya remarcó Aristóteles, pues satisface nuestra curiosidad natural. La escuela ha de fomentar y aprovecharse de este placer. Bienvenida sea cualquier tecnología que facilite esta tarea. La informática y las telecomunicaciones parecen ajustarse bien a estas condiciones.
Sin embargo, en demasiadas ocasiones el uso que se hace de las técnicas de comunicación digital en la enseñanza suele ignorar tanto las necesidades, como los comportamientos de los estudiantes, sean niños o jóvenes, que son en última instancia quienes han de sacar provecho de estas herramientas.
Los propagandistas del “todo digital” han convertido casi en un lugar común la falsa idea de que los alumnos de las escuelas (y universidades) tradicionales sólo aprenden lo que saben sus maestros y profesores, omitiendo cualquier referencia al uso habitual – innegable e imprescindible – de fuentes documentales y bibliográficas de diverso origen – provenientes de Internet también -, testimonio y memoria del conocimiento humano a través de los siglos. En cambio, se hace hincapié en que en los nuevos espacios educativos “virtuales”, basados en el uso combinado del ordenador y de las redes de telecomunicaciones, cada estudiante dispondrá en el momento en que lo desee de muchos maestros para cada materia. Argumento muy similar, por cierto, al que utilizan algunas academias de lenguas para captar a sus clientes/alumnos. Los “tecnófilos” suelen olvidar que el aprendizaje es resultado de una acumulación y una sedimentación de conocimientos adquiridos en el tiempo.
Las connotaciones sociales del “modelo digital” trascienden los cambios estrictamente pedagógicos para adentrarse en los delicados vericuetos que relacionan la vida privada y la organización social.
La escuela es el principal espacio de socialización de niños y niñas fuera de su hogar y uno de los más importantes para los jóvenes antes de su incorporación al mundo laboral. Como pilar del proceso de aculturación, la escuela también favorece la integración y la cohesión social desde la infancia, equilibrando el aluvión indiscriminado y desestructurante de mensajes de todo tipo que los niños y niñas reciben de los mass media, en especial a través de la pantalla del omnipresente televisor.
En muchos de los análisis prospectivos y en las propuestas que anuncian la progresiva disolución del actual modelo educativo, fundado en la institución escolar, se tiende a ignorar este papel fundamental.
Formar a un alumno no consiste solamente en transmitirle información, sino que fundamentalmente se trata de desarrollar la comprensión, el conocimiento y el saber. “Ningún robot por más bien programado que esté podrá establecer un coloquio singular entre el enseñante y el enseñado”, afirmaban en 1978 los franceses D. Nora y A. Minc en su informe sobre La informatización de la sociedad. En efecto, no podemos ignorar el papel de la afectividad en los procesos de aprendizaje. La relación con otro humano es en este sentido indispensable.
Las ventajas que parece ofrecer el uso de sistemas digitales interactivos en la enseñanza sobre todo de procedimientos, habilidades y destrezas, no ha de hacernos perder de vista la necesidad vital que los seres humanos tenemos de comunicarnos con nuestros semejantes, preferentemente a través de canales naturales. Resulta por esto imprescindible encontrar un equilibrio entre las presiones de los paladines del “todo digital”, encabezados por las principales empresas del sector informático, que han hecho de la informatización de los centros escolares uno de sus principales caballos de batalla – recordemos el acuerdo de Bill Gates con el gobierno británico en este sentido- y la utilidad real que ofrece para la enseñanza el uso del ordenador y de las redes telemáticas en la escuela.
En el aire, flotando, quedan los contenidos, verdadero talón de Aquiles del ayer y del hoy del ordenador en la enseñanza escolar.
Ahora bien, quizás debamos preguntarnos si es legítimo sacrificar la enseñanza de música, dibujo o deporte, por ejemplo, o la biblioteca de los centros por problemas presupuestarios derivados de la inversión en equipos informáticos, que, indefectiblemente, tienen asegurada su obsolescencia al cabo de muy pocos años. Un negocio de proporciones gigantescas para las empresas del sector informático y un dilema de difícil resolución para los responsables educativos.
Las técnicas de comunicación digital aparecen como una herramienta educativa de primer orden que no debemos menospreciar ni rechazar, pero tampoco sobrevalorar. Lo cierto es que al margen de las grandes promesas y profecías, los medios digitales se han ido integrando de diferentes modos y con distinta intensidad en la práctica habitual de un número creciente de escuelas, así como en la vida cotidiana de muchos alumnos y profesionales. El presente y el futuro de nuestras vidas pasa por el ordenador, nadie lo pone en duda. Pero no por ello la escuela debe olvidar sus prioridades. La responsabilidad de maestros y profesores es en este punto enorme, acorde al reconocimiento que merece su labor, fruto de muchos años de preparación, como garantes de la reproducción del saber.
Diego Levis – Barcelona, septiembre de 1998.

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