2004 – “La inteligencia de las máquinas”

PUBLICADO EN EÑE – 31.07.2004
“La inteligencia de las máquinas” por HUGO SCOLNIK.
La capacidad de emocionarse. Es el gran tema de películas sobre robots como “I. A.” (2001) de Steven Spielberg y “El hombre bicentenario” (1999) con Robin Williams.Tripio, una de las máquinas de “Star Wars”.

La obra de Isaac Asimov, y muy en particular “Yo Robot”, me produjo de joven un impacto imborrable como aspirante a científico. La genial idea de las Leyes (o axiomas) de La Robótica y los especialistas en “Robopsicología”, dedicados a desentrañar los comportamientos aparentemente anómalos que a veces evidenciaban las máquinas, dieron lugar a misterios fascinantes, mezcla de historias policiales y de ciencia ficción.
El imaginario popular suele asignarle a las máquinas que exhiben una cierta “inteligencia” propiedades y potenciales que no se corroboran necesariamente en la realidad. Para empezar, entonces, hay que precisar qué entendemos por “inteligencia” en la tecnología. En general, se la define como la capacidad de resolver problemas en forma autónoma ante situaciones inesperadas. Si aceptamos esta pseudodefinición, resulta que la mayoría de los llamados robots son simples manipuladores capaces de realizar tareas repetitivas, pero sin ninguna capacidad “inteligente”.
El genial Alan Turing sostenía en 1950 que las computadoras podrían rivalizar con la inteligencia humana. Para ello creó el llamado test de Turing, consistente en que un “juez” interroga en forma remota a una computadora y a un ser humano mediante mensajes de texto. La tesis de Turing era que si no se podía distinguir entre ambos, era razonable decir que la máquina era inteligente.
A veces es fácil imitar la “inteligencia”. Por ejemplo, recuerdo un congreso donde un robot humanoide leía las credenciales de los asistentes, reconocía el nombre y el país, y nos saludaba con frases pregrabadas en el idioma correcto. Más tarde nos encontraba y, habiendo memorizado nuestro nombre, nos volvía a saludar con frases del tipo: “¡Hola, Fulano! ¿Todavía por aquí?”. Al contestarle, huía despavorido, incapaz de encarar diálogos no previstos.
En 1966 el científico Joseph Weizenbaum creó Eliza, un programa dedicado a la interacción hombre-máquina mediante el reconocimiento del lenguaje natural utilizando palabras clave; el objetivo explícito del invento era simular un psicoterapeuta. Y en efecto, en la medida que uno se limite a hablar de sí mismo y su entorno, el programa parece cumplir con el test de Turing.
Uno de los temores generalizados desde el punto de vista socio-político es que la progresiva robotización del aparato productivo conduzca al desempleo masivo. Imaginemos un escenario donde los bienes sean producidos por fábricas robotizadas. La pregunta obvia sería: ¿quién estaría en condiciones de consumirlos? Seguramente no una masa pauperizada de desocupados. Por lo tanto, es imposible que coexista un modelo capitalista tradicional con una sociedad automatizada. De ahí que la consecuencia lógica es que habría que socializar los medios de producción.
Por mi parte, creo que tener un mundo donde todas las tareas aburridas o peligrosas estén a cargo de máquinas resulta atractivo, porque de ese modo los seres humanos dispondrían de tiempo para tareas más trascendentales.
El camino de la ciencia conduce a una robótica cada vez más inteligente debido a los progresos de la inteligencia artificial en áreas como el desarrollo de redes neuronales artificiales. Sin embargo, una computadora a lo sumo puede entrenar redes neuronales cuya complejidad ni se compara a la de los seres biológicos más elementales.
Todo esto constituye una perspectiva apasionante y compleja, que debe ser encarada en forma interdisciplinaria. En particular, escritores como Asimov entrevieron un futuro factible con tanta o mayor claridad que los científicos especializados, a veces más preocupados por sus microcosmos y por conseguir los fondos para sostenerlos. En ese sentido, la carencia sistemática de subsidios importantes para la investigación en nuestro país puede considerarse como un plan maestro para fomentar la creatividad de nuestros científicos.

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