2001 – ¿UN BENEFICIO O UN PELIGRO PARA LA ESPECIE HUMANA? Los robots humanoides, cada vez más cerca

PUBLICADO EN CLARÍN EL 20 DE ABRIL DE 2001
¿UN BENEFICIO O UN PELIGRO PARA LA ESPECIE HUMANA?
Los robots humanoides, cada vez más cerca

Pronto, muy pronto, la humanidad estará en condiciones de crear máquinas humanoides. A esta altura de la historia, la proximidad es tal que, para muchos, ya llegó la hora de analizar las ventajas y los peligros que traerá aparejado un paso semejante hacia el futuro. En eso están los especialistas en inteligencia artificial del mundo entero.
Por Thomas Hayden.

Todavía faltaba medio siglo para que terminara el milenio cuando Isaac Asimov escribió su clásico de ciencia ficción “Yo, robot”. Por entonces, era posible imaginar un mundo poblado de humanoides gigantes, fuertes e inteligentes. Las réplicas mecánicas que Asimov conjuró tenían cuerpos de metal y ojos rojos incandescentes, pero parecían personas, pensaban como personas y, lo que es aún más importante, se dedicaban a cuidar la especie humana. Sin embargo, de todas las predicciones futuristas que se desvanecieron con el milenio, la más apabullante es la ausencia de ese imaginado robot que nos pueda traer algo de la heladera. Porque si bien es cierto que ya hay máquinas que pueden cortar el pasto mientras descansamos, si queremos algo de la heladera, no nos queda más remedio que ir a buscarlo.
Sin embargo, aunque los visionarios como Asimov pueden haber equivocado el momento, no cabe duda de que acertaron sobre lo brillante que sería el futuro robótico. De hecho, ya existen robots de mente práctica que trabajan en el mundo real, exploran planetas distantes, asisten en cirugías de precisión y hasta localizan minas terrestres y el mercado de juguetes está a punto de ser invadido por gatos, perros, ratones, aliens, bebés y hasta dinosaurios mecatrónicos. También en el terreno del entretenimiento, se espera que la película “Inteligencia artificial”, que Steven Spielberg estrenará el 4 de julio, haga por los robots lo que “Jurassic Park” hizo por los dinosaurios y, en el campo de la biomedicina, no es una novedad que muchos laboratorios están trabajando en el desarrollo de pies, rodillas, manos, ojos y oídos humanos que, seguramente, algún día resultarán integradas en un robot humanoide absolutamente funcional. Aunque el sueño de tener un “colega” de estas características se remonta por lo menos a los comienzos del siglo XX, recién en los últimos años los avances en informática, inteligencia artificial y biomecánica sentaron las bases de la esperanza de alcanzarlo. Y hoy, la posibilidad está tan cerca que muchos tecnofuturistas comenzaron a preocuparse por los peligros que podría acarrear el hipotético desborde de la robótica: Bill Joy, cofundador de Sun Microsystems, fue bastante explícito cuando predijo que nuestras creaciones “podrían replicarse y contribuir a la caída de la humanidad”.
Sin embargo, hay aspectos aún no resueltos. La ingeniería todavía tiene por delante muchos desafíos y uno de los fundamentales es encontrar la manera de “alimentar” a las máquinas. Y aunque la mayoría de los investigadores confían que resolverán el aspecto físico de las cosas en el futuro cercano, tampoco es una tarea fácil: para que un robot sea atlético hace falta, nada más ni nada menos, que una armonía de músculos, huesos y nervios similar a la que el hombre desarrolló durante milenios. Para intentarlo, los robots echan mano a componentes homólogos a los humanos: un marco de metal y plástico sirve de esqueleto y una suma de motores, poleas y engranajes proporcionan la potencia muscular, mientras que un set de sofisticadísimas cámaras, micrófonos y sensores les proporcionan ciertas muy rudimentarias capacidades de sentir.
Más atrás vienen los cerebros, que a pesar de décadas de investigación exhaustiva, siguen muy retrasados con respecto a la edvolución que presentan las rodillas artificiales. Por ejemplo, el robot Kismet, del laboratorio de robótica humanoide del famoso Massachussetts Institute of Technology (MIT), de Boston, Estados Unidos, es apenas más grande que una cabeza humano e involucra un conjunto de 15 computadoras externas que controlan sus habilidades sociales y sus expresiones faciales. Es que, por más impresionantes que puedan parecer los resultados (basta con preguntarle al maestro Garry Kasparov qué piensa de Deep Blue, la máquina de IBM que lo humilló en 1997) fabricar una máquina pensante resultó mucho más difícil de lo que los científicos imaginaban. Jugar al ajedrez, a pesar de todos los desafíos que le plantea al cerebro humano, parece ser más simple que preparar una sopa. La lógica y la resolución de problemas parecen ser más sencillas de imitar que las cosas vinculadas a la percepción y la intuición, ya que una máquina de ajedrez sólo necesita información y lógica, mientras que un robot que, por ejemplo, pueda cocinar, requiere de una cierta combinación de creatividad, intuición y estilo. ¿Cómo hace una máquina para agregar sal a una comida si no tiene idea de lo que significa la palabra “salar”?
Los investigadores en inteligencia artificial están cada vez más convencidos de que los chicos pueden tener la respuesta que guíe a la humanidad hacia un robot “aceptable”. Los chicos son, en esencia, máquinas de aprendizaje y aunque nadie sabe a ciencia cierta cómo lo hacen, en este proceso hay mucho de imitación e interacción, de prueba y error. Si alguna vez los robots van a tener inteligencia semihumana, tal vez tengan que desarrollarla como lo hacen los bebés. Los robots como Kismet no sólo tienen que aprender a “pensar” por sí solos sino también a entender, como los chicos, que sus acciones tienen consecuencias. “Los robots humanoides tienen que tener algo más que comportamientos fascinantes. Para mí, ese enfoque sólo nos daría un bebé robótico y no es lo que necesitamos”, dice el doctor Kazuhiko Kawamura, de la Universidad Vanderlbilt, EE.UU..
¿Qué significa exactamente todo esto para la humanidad? Las especulaciones oscilan entre lo catastrófico y lo lúgubre. El escenario más desagradable es el que plantea que las máquinas patean el tablero y nos esclavizan. Pero también está el escenario que augura Hans Moravec, un especialista en robótica de la Carnegie Mellon University de los EE.UU., que sugiere que la humanidad tal vez pueda sobrevivir y hasta alcanzar cierto nivel de inmortalidad si logra traspasar su propia conciencia al cerebro de un robot avanzado. Probablemente estemos a décadas de distancia de tener que preocuparnos por algo más que quedarnos sin baterías, pero, de todos modos, parece claro que se vienen grandes cambios y que el período de ajuste a veces puede resultar bastante incómodo. Como sucede con cualquier tecnología nueva, seguramente habrá algunas consecuencias no intencionadas, como que los robots empiecen a tener un papel regular en nuestra vida cotidiana, pero la comunidad científica confía en que los beneficios superarán los riesgos. Y siguen avanzando.

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