2001/ 2002 – Artículos de prensa sobre Reality shows

  • Reality shows, ¿ficción o realidades crueles? Por José Luis Sáenz, La Nación, 8 de mayo de 2001
  • Gran Hermano: juzgar sin conocer. Por ENRIQUE GARCÍA HUETE en EL PAÍS, 31/5/2001
  • Cómo son los realitys que se vieron hasta ahora – Clarín, 2/12/2001
  • ‘Sociedad Triunfo’. Por Vicente Verdú, El País, 15 de febrero de 2002
  • Reality shows: la gente los ve, pero los critica . Por Hugo Caligaris en La Nación, domingo 20 de mayo del 2001.

Reality shows, ¿ficción o realidades crueles? Por José Luis Sáenz, La Nación, 8 de mayo de 2001
“Y finalmente los reality shows irrumpieron en nuestros televisores. Hace ya un año, ante su proliferación en Europa, sospechábamos (La Nación , 17-4-00) que ese Gran Hermano y sus parientes fatalmente llegarían al país, dada la sistemática imitación y la restringida imaginación de la televisión argentina, proclive a seguir fórmulas ya comprobadas en otras latitudes. De tal manera, hoy son varios los “grandes hermanos” que compiten en los diversos canales, adaptados a nuestra idiosincrasia, en un monótono coro con leves variantes, en los que la múltiple oferta solo significa más de lo mismo, trátese de bares, casas o islas.
De acuerdo con esta nueva fórmula de la “realidad”, un grupo de personas que no son actores (pero que de hecho se convierten o improvisan como tales) reemplazan con su no muy divertida convivencia cotidiana y forzada a los tradicionales culebrones u “óperas de jabón”. Estos teleteatros ya venían bastante divorciados de la realidad (o por lo menos de la actualidad), con sus romances de patrones y sirvientas, cenicientas, caperucitas rojas, abuelas y lobos, vicisitudes de quienes extraviaban a hijos o padres, o perdían la vista, la memoria, la fortuna, y otros “ganchos” (según la jerga televisiva) largos de enumerar y más largos aún de resolver. En suma, conflictos, o clisés, que hoy ya no lograban reclutar al público joven, cada vez más alejado de la pantalla del televisor por el reclamo de la otra gran rival : la pantalla de la computadora, con la infinita navegación por Internet.
Quizás por eso, estos reality shows actuales han buscado que sus protagonistas sean indefectiblemente jóvenes, de buen aspecto físico, que con léxico generacional “de onda” y actitud desinhibida armen escenas con poca ropa y sugerente sensualidad, que nunca llegarán al sexo explícito pero sugerirán sus prolegómenos para quienes gusten de fisgonear la intimidad ajena sin libreto previo. Claro que ese libreto (o, mejor, línea argumental) siempre existe, aunque aparezca de manera rudimentaria o improvisada sobre temas previamente convenidos. Pero así la ficción aparenta no existir y resulta más creíble que la provista por los teleteatros.
La nueva “televisión verdad” es esta ficción. Pero no podemos negar que también tiene su gran cuota de realidad. Sin ir más lejos, y por empezar, la convocante suma final de dinero que obtendrá el ganador, y la que irán ganando los espectadores, a través de concursos. En otras palabras, si “poderoso caballero es don Dinero”, según decía ya Quevedo, aquí su contundente realidad se ha erigido en la meta de esa ficción.
Si el espejo nos asusta…
Pero además del dinero como numen tutelar, en estos reality shows también surgen otras crudas realidades de la sociedad actual, donde el amor o la camaradería desinteresada quedan barridos por la más apremiante de las competencias. El doble premio (el dinero como meta final y, para alegrar el camino, la notoriedad que brinda la pantalla) tiene como contrapartida un doble castigo: la amenaza de ser apartado de ese grupo social (lo que impedirá aspirar al premio final) y el regreso al anonimato inicial (por desaparecer de la pantalla). Esa expulsión del programa tiene reminiscencias del hecho de ser echado del empleo, en una sociedad en que la desocupación pende como temible espada de Damocles y los términos de “raje” y “serruchada de piso” son moneda corriente en los grupos laborales.
Así, en estos programas se vota semanalmente a quién se echa, y ese es el ejercicio democrático de poder del grupo, que se descarga sobre la necesidad de pertenencia social (y económica) de cada uno de sus componentes. Para no ser expulsado, entonces, hay que hacer méritos, hay que ser simpático, ser “positivo” y tener “espíritu de equipo” (aunque sea una hipocresía inicial, pues luego habrá que eliminar a los demás para poder ganar). Tal la cruel enseñanza del mecanismo del juego.
Podemos horrorizarnos por todo esto, pero también podemos preguntarnos si este verdadero horror show no es un hijo despreocupado y deforme de nuestra realidad social, que así nos castiga con su crispada rúbrica. En sus memorias, Henri de Lenormand nos alertaba sobre “el asombro con que un hombre contempla a su hijo, convertido en criminal, pensando en las taras que le ha transmitido sin que en él mismo hiciesen mella”. Así comprobamos hoy estupefactos que nuestros valores éticos han sido remplazados por una necesidad de supervivencia en que solo impera el “todo vale” de la ley de la selva.
La cínica comprobación de estos reality shows es que sobrevive el más fuerte, el más apto, el más hábil, el más astuto. Los demás irán quedando por el camino, eliminados por sus propios compañeros. Y en este verdadero “reparto por orden de eliminación” nadie ayuda a nadie, por más que simule lo contrario. Las alianzas se generan para convertirse luego en enemistades o rivalidades, y así sucesivamente. Lo curioso es que una protagonista haya declarado que se sentía en esa realidad como “en medio de un sueño” (¿no habrá querido decir “pesadilla”?), y aseguró que quería seguir soñando.
Resultan patéticos estos conejitos de Indias que creen ser personajes y solo son mascotas enjauladas que pelean entre sí, mientras su “gran hermano” cuida celosamente la llave de la jaula. ¿No saben que se los ha encerrado en ese reñidero para que peleen, para que disputen, para que se eliminen mutuamente como gladiadores del siglo XXI?
Quizá lo sepan, pero quieren seguir ese aprendizaje de robotización y triunfar, enajenados por un protagonismo desesperado, al que no saben sustraerse, aunque sepan que en cualquier momento serán eliminados y devueltos al anonimato anterior.
Por último, convendría preguntarnos si este reality show es la realidad que supimos conseguir. Y si el espejo nos asusta, en vez de romperlo, mejorar nuestra imagen y nuestro mundo, antes de que toda la realidad se nos transforme en un orwelliano reality show .

El último libro de José Luis Sáenz es la novela La traviata argentina (Ed. El Francotirador).
http://www.lanacion.com.ar/01/05/08/do_303408.asp
LA NACION | 08/05/2001 | Página 19 | Opinión ”

Gran Hermano: juzgar sin conocer. Por ENRIQUE GARCÍA HUETE en EL PAÍS, 31/5/2001
Enrique García Huete es responsable del equipo psicológico del programa Gran Hermano.
“En el artículo cinco del Código Deontológico del Psicólogo se puede leer lo siguiente: ‘El ejercicio de la psicología se ordena a una finalidad humana y social que puede expresarse en objetivos tales como: el bienestar, la salud, la calidad de vida, la plenitud del desarrollo de las personas y de los grupos, en los distintos ámbitos de la vida individual y social’.
Ante las críticas aparecidas en algunos medios sobre la aplicación de la psicología en el concurso Gran Hermano, y como responsable de la misma, creo que es el momento de hacer algunas reflexiones.
La psicología es independiente del uso que de ella se haga. Por tanto, las críticas no deberían dirigirse contra esta disciplina, sino hacia las personas que trabajamos en el proyecto…, siempre que existan datos rigurosos para apoyar la crítica y no meras opiniones subjetivas y moralistas.
El uso de técnicas de evaluación, de seguimiento y de apoyo a los participantes se legitima no sólo por la pulcritud metodológica -que sí se reconoce por parte de los críticos-, sino también ateniéndonos al contenido del artículo del código deontológico que encabeza estas líneas y que se cita en el artículo de opinión La Psicología, ¿esa tonta útil? (EL PAÍS, 2 de mayo de 2001).
El objetivo final de la intervención psicológica en Gran Hermano consiste en asegurar al máximo posible el bienestar de personas que, voluntariamente, quieren participar en un programa; y que implica un confinamiento durante cien días. Este asesoramiento psicológico pretende eliminar riesgos innecesarios en personas que pudieran tener una vulnerabilidad psicopatológica. Y, al mismo tiempo, se pretenden analizar las variables que permitan a los concursantes extraer un valor añadido de su paso por el programa.No existe la posibilidad de anticipar el comportamiento humano al cien por cien. Por este motivo, el proyecto de apoyo psicológico implica un seguimiento de los participantes antes y durante el concurso; entre otras razones, por si fuera necesario algún tipo de intervención. Para que el impacto exterior pueda ser elaborado de forma positiva, y dirigido hacía las motivaciones de los participantes, también se realiza una intervención de apoyo a la salida del programa.
¿Qué personas o colectivos pueden beneficiarse de la psicología? El primer peligro de las críticas sin rigor científico es que alguien pudiera decidir sobre esta cuestión según criterios subjetivos.
Cuando 100.000 personas quieren presentarse a un programa de televisión -y los responsables de la productora Zeppelin plantean cuidar a los participantes ante una experiencia novedosa- se pide asesoramiento a los técnicos. Y los técnicos respondemos sin juzgar las motivaciones de los aspirantes, sus gustos estéticos o la libertad de hacer con su vida lo que quieran sin invadir los derechos de los demás.
El proyecto de intervención psicológica en Gran Hermano ha recibido felicitaciones y parabienes por parte de muchos profesionales de la psicología. Hemos sido invitados a exponer la experiencia en foros científicos, en congresos a los que han acudido más de 800 especialistas y donde hemos podido discutir los aspectos técnicos desde el conocimiento y desde la información objetiva.
En esas reuniones se ha debatido también algo importante: está emergiendo un nuevo campo de la psicología en el ámbito del entretenimiento. Ya existen, de hecho, experiencias aisladas: asesoramiento en cinematografía infantil, aplicación de estrategias en ludotecas, participación de psicólogos en parques temáticos y de diversión, en la animación sociocultural, en la intervención lúdica con ancianos…
Las opiniones críticas, sin otro apoyo que la visión personal, sobre Gran Hermano descubren ciertas carencias de los ‘bienpensantes’:
1. El fenómeno que se está produciendo sobre el programa no es en absoluto desdeñable. Los profesionales del comportamiento humano y social esperaríamos que las opiniones vertidas desde alguien que firma como catedrático de psicología social de la Universidad Autónoma de Madrid fueran más amplias y sostenidas por la investigación que las que aparecen en el artículo citado más arriba: ‘Socialmente inútil (…) la psicología como tonta útil (…) akelarre televisivo (…) contribuye a perpetuar la España de orinal y palangana (…) comerciar con la vida privada por un puñado de dólares (…) rendir culto al narcisismo desvergonzado y vacuo…’. Y ¡cuidado con los salvadores! Porque también aparecen en el artículo afirmaciones de este tipo: ‘(…) salvaguardar al sujeto ético de las garras de aquel desenfrenado factory system’.
Si, desde una Cátedra de Psicología Social, éstas son las conclusiones del mayor fenómeno social televisivo a nivel transnacional, tendríamos que desconfiar, no de las Cátedras, sino de la utilización que se hace de ellas. Los comentarios y conclusiones no se basan en un estudio objetivo y ecuánime. Una opinión a nivel personal no hubiera merecido comentario alguno al respecto, ya que -como publicó en su día Eduardo Haro- ‘no existen programas basura, sino miradas basura’. Tampoco me puedo sustraer a una cita de El Quijote: ‘Ladran, luego cabalgamos, amigo Sancho’.
2. Siguiendo los criterios deontológicos y éticos en el quehacer profesional, también sorprende que no se atengan a lo que se preconiza: se ponga en entredicho la labor de otros profesionales serios dedicados a la investigación que, antes de publicar resultados u opiniones, se esfuerzan metodológicamente, se toman su tiempo para analizar variables y estudian en profundidad los fenómenos antes de escribir un artículo de opinión.
Esperemos que estas críticas sean sólo una parte más de la contaminación del fenómeno Gran Hermano, y no la característica habitual del trabajo de los profesionales que las mantienen.
El público debería entender que el juzgar sin conocer no ha sido jamás un valor en los responsables de la docencia en el ámbito universitario.
Sólo el análisis riguroso y la duda metódica se consideran dignos a la hora de exponer ideas cuando se representa a una institución, a una disciplina o a un colectivo.
3. No existe un estudio serio y en profundidad sobre el fenómeno Gran Hermano. Es un reto no recogido por los responsables de los estudios sociales. Hasta donde yo sé, existen en la actualidad cinco tesis doctorales en marcha relacionadas con Gran Hermano. Esperaremos a su publicación para escuchar, sea a favor o en contra, opiniones fundamentadas. Servirán para conocer más de las personas que participan y que ven el programa, y no sólo una buena oportunidad para intentar lucirse escribiendo en un diario de prestigio.
La psicopatología describe tres aspectos fundamentales para considerar un comportamiento ‘anormal, desviado o susceptible de intervención’: cuando produce sufrimiento clínico a la persona, cuando incapacita para el desarrollo de las actividades elegidas o deseadas por ella, o bien cuando suponen un peligro para terceros.
Las personas son libres, dentro de los grados de libertad que ofrece su entorno, de elegir su proyecto de vida. Por tanto, libres para presentarse a un concurso de televisión y libres para verlo o cambiar de canal.”

Cómo son los realitys que se vieron hasta ahora – Clarín, 2/12/2001
GRAN HERMANO, EL MAS LIVIANO
Doce jóvenes comparten cuatro meses de encierro en una casa. Todo lo que sucede es registrado por las cámaras. Cumplen pruebas semanales y no tienen contacto con el exterior. Cada semana nominan a dos de sus compañeros para que se vayan. El público decide por votación telefónica a cuál de los dos expulsa.
EXPEDICION ROBINSON, EL MAS AVENTURERO
Dos equipos de ocho integrantes compiten en una isla desierta por la supervivencia. Deben sobreponerse al entorno y enfrentarse entre sí realizando pruebas de destreza física. El equipo perdedor debe expulsar a uno de sus miembros en un concejo. Al final, los equipos se juntan y la competencia es uno a uno.
EL BAR, EL MAS ZAFADO
Son catorce integrantes que conviven en una casa. Sus participantes son desprejuiciados, abundan las escenas de sexo. Tienen contacto con el exterior: deben probar sus habilidades para administrar un bar. Cada semana los integrantes votan a los candidatos a abandonar el juego. El público decide por votación.
CONFIANZA CIEGA, EL MAS SOSPECHADO
Cuatro parejas conviven durante 16 días en un resort al sur de Portugal. Hombres y mujeres viven en casas separadas con seductores y seductoras que ponen a prueba su fidelidad. Todo lo que hacen es grabado y editado, y se les muestra a sus parejas, para que decidan si creen o no en lo que ven. No hay ganadores.
REALITY REALITY, EL MAS ABURRIDO
Dieciséis actores conviven en una mansión durante dos meses. Tienen información de afuera y todo lo que hacen es registrado por las cámaras. Se mezclan ficción y realidad: deben cumplir consignas para engañar a sus compañeros, y realizar ejercicios de actuación. Ellos no se eliminan entre sí: expulsa el público.

‘Sociedad Triunfo’. Por Vicente Verdú, El País, 15 de febrero de 2002
Operación Triunfo ha ganado a la audiencia más amplia de la historia pero ha significado también una ganancia social. Lo uno potencia a lo otro. Concluido el programa, espectadores y participantes han visto crecido su valor. No ya como sujetos de la tele sino como sujetos a secas. El éxito del programa es el de una complicidad entre uno y otro lado de la pantalla que aumenta las plusvalías del amor por el otro, el amor por sí mismo, y no se sabe cuántas bondades más. A diferencia de Gran Hermano los huéspedes de la Academia no han encarnado a jóvenes improductivos, entregados al torcido escrutinio del espectador. Los jóvenes de la Academia eran todo menos material pornográfico, no importa si se traslucían detalles de su intimidad. Aparecían precisamente por eso (por sus llantos, sus fallos, sus posturas de barrio) como seres puros. La consecuencia ha sido que si en la casa de los primeros se olfateaba la prostitución, en la Academia todo resultó angélico. A los sujetos de Gran Hermano, convertidos en famosos, se les trata en Crónicas Marcianas como artículos promiscuos mientras los de Operación Triunfo son material virgen. Los primeros se ensuciaban con su ociosidad, se deterioraban con sus trifulcas, se deslustraban con sus repantigamientos. Pero los de la Academia, una especie de encristalamiento moral, son un modelo de laboriosidad y disciplina. Los unos, en fin, gastan el tiempo en nada, mientras los otros se afanan y, además, cantando. Los de Gran Hermano eran sexo, genitalidad, mientras estos son voz, sueño romántico. ¿Cómo no amarlos como amigos, novios, paisanos, sobrinos, hijos?
Los participantes de Gran Hermano, Loft Story y programas así ponen sus personalidades al peso para el consumo grosero y sin propósito de nada superior. Explotan su exhibicionismo a la vez que la morbosidad. La ideología de Operación Triunfo es, sin embargo, bien distinta. El espectador coopera en abrir un porvenir a unos jóvenes ilusionados que se revelan poco a poco como artistas, aún pobres y en remedo de esos cantantes espiritualizados de los pasillos del metro que piden sin abrumar ofreciendo lo mejor que llevan dentro. Los de Gran Hermano evocan la parte oscura del deseo mientras éstos son el bien moral donde podrá dignificarse el televidente. Gracias a esa naturaleza, el voto telefónico ha constituido uno de los actos democráticos de mayor fervor colectivo desde la transición. La participación que más ha interesado a miles de ciudadanos que hicieron estallar la concurrencia mediante el efecto del tipping point, el punto crítico analizado por Malcom Gladwell, mediante el cual la moda del patinete, por ejemplo, llegó a ser omnímoda.
Con todo, ni los aspirantes a escritores o incluso deportistas en ciernes, habrían despertado el mismo interés que los candidatos a figuras de la música. Puede que la generación actual ignore la ortografía pero en discografía son doctores. Un joven actual no será el portador de una ideología concreta pero tiene claro que no se puede vivir sin la música. A la persecución de sentido ha seguido la búsqueda de un estilo que se forma, en buena parte, mediante el vestido y la música.
Elegir en Operación Triunfo ha sido una fuerte manera de identificarse, una experiencia de afirmación individual y de participación colectiva dentro del romanticismo del cante. Gracias a las votaciones, que continuarán, cualquiera puede producir un ídolo como nunca antes le había permitido el marketing. Todos pues, a través de Rosa, de David Bisbal, de David Bustamante y demás concursantes, han ganado en valor. Han ganado los participantes que en cualquier proporción adquirieron un importante plus para su carrera. Han ganado los realizadores, RTVE, los productores, profesores, electricistas y agencias de publicidad. Han ganado, y de ahí la formidable audiencia, los espectadores de toda condición, bañados por la emoción de los concursantes, bendecidos por su contribución al bien, prestigiados por la privilegiada ocasión de gozar unitariamente el amor, la melodía y el gusto.”

Reality shows: la gente los ve, pero los critica Por Hugo Caligaris en La Nación, domingo 20 de mayo del 2001.
Un sondeo especial para La Nación dice que un 75 por ciento de los argentinos los ha visto. Pero el 60 por ciento los considera negativos
Al menos siete de cada diez argentinos vieron o han visto alguna vez los reality shows de la televisión, pero la mayor parte de ellos (seis de cada diez) los considera un fenómeno negativo, y un setenta por ciento descree, en mayor o en menor grado, de la verdad de lo que allí se muestra.
Estos son los datos en crudo, susceptibles de ser interpretados de diversas maneras, de la encuesta que realizó especialmente para La Nación la consultora Gallup. Se trató de una muestra de alcance nacional, hecha en 26 localidades del país, con 1234 casos seleccionados entre una población de más de 14 años y con un nivel de confiabilidad del 95 por ciento y un margen de error probable del 3,8 por ciento.
Un primer análisis de estos datos, tal vez algo mordaz, es que mucha gente atraída en la intimidad de su casa por la idea de espiar vidas ajenas no cree que semejante afición sea una cosa digna, y llegado el momento de opinar condena con más energía y velocidad a los programas que a sus propias inclinaciones.
Otra posibilidad es que ese 75 por ciento que confiesa haber visto reality shows lo haya hecho de modo fugaz y movido por el azar del zapping. Digamos, una parada de cuatro o cinco minutos que resultó suficiente para el anatema, y luego nada de nuevas visitas.
Contra esta variante conspira el rating. Cuando se realizó la encuesta de Gallup (del 20 al 24 de abril) estaban en el aire los tres títulos de la TV argentina que pueden ser calificados de reality shows: “Expedición Robinson” (Canal 13), “Gran hermano” (Telefé) y “El bar” (América). Sumándolos, han mantenido unos 50 puntos de rating, sin tomar en cuenta los picos elevados a los que llegó “Expedición Robinson” en los momentos de la definición, cuando las torturas a las que fue sometida la finalmente ganadora Vick a manos de sus cuatro crueles compañeros fueron materia de comentario popular en todas partes.
Con todo, el impacto de los reality shows en la Argentina no parece haber alcanzado el nivel que tuvo en España o en Italia, donde los editores de los suplementos de espectáculos de diarios reputados se ven obligados a dar noticia cotidiana de las historias que se entrecruzan en “Gran hermano” por la demandante presión de sus lectores. Aquí, otros programas igualan o aun superan los promedios de los reality shows (por ejemplo, la telecomedia “El sodero de mi vida”, o el show de Marcelo Tinelli).
La muestra prueba que los televidentes más fieles y menos críticos de “la realidad en vivo y en directo” son los más jóvenes, los de menor instrucción y los de más bajo nivel socioeconómico.
Un 93 por ciento de los chicos de 15 a 17 años admitió verlos, y en esa misma franja un 50 por ciento sólo tiene palabras de elogio a la hora de opinar de ellos. Un 25 por ciento de personas que sólo tienen educación primaria y un 26,7 por ciento de integrantes de la categoría D2E, la que está en el límite inferior de la siempre estremecedora vara con la que se mide el grado de bienestar económico de cada uno, estiman que los reality shows son algo de lo que la TV nacional puede estar orgullosa.
En el extremo opuesto, sólo un 49 por ciento de quienes tienen más de 65 años sabe de qué se trata esto. Apenas el ocho por ciento de los televidentes con educación superior y el 16,5 por ciento de los calificados con ABC1 en el esquema antes citado dieron una evaluación positiva de estos ciclos.
Todo lo cual trae a la mente una escena de “Caro diario”, película del mismo Nanni Moretti que triunfa en Cannes y de quien damos abundante información en estas páginas. En aquel film, un profesor universitario de intelecto musculoso decide irse a vivir a una isla, lejos del ruido y la contaminación sonora y visual, a efectos de escribir un libro. Transcurrida una semana, comienza a inquietarse porque no sabe cómo sigue la telenovela que, sólo se sabe en ese momento, veía a escondidas. A las dos semanas se echa a correr, desesperado, rumbo a la lancha que lo devolverá a la gran urbe: “¡Televisión! ¡Quiero ver televisión!”, grita, con el pudor perdido.
Muy poco creíbles
Otro punto interesante en el trabajo de Gallup es la pregunta número tres: “¿Qué tan reales piensa usted que son estos programas de TV?”. Los totales (promediando las diversas categorías de encuestados) son los siguientes: nada más que un 7,4 por ciento dice que son “tan reales como un documental”. Apenas un poco más, el 7,7 por ciento, cree que se toman “algunas libertades, pero son esencialmente reales”.
Después viene la enorme franja de incrédulos: el 33,5 por ciento dice que muestran “únicamente aquello que quieren que veamos”, y el 37 por ciento opina, lisa y llanamente: “Son artificiales”. El 14,4 por ciento no sabe y, por lo tanto, no contesta.
Observando en detalle estos guarismos, se ve que en este caso la fe no es cuestión de sexos: los descreídos suman el 71,5 por ciento entre los hombres y muy poquito menos (el 69,6) entre las mujeres.
Sí son muy diferentes las circunstancias cuando se toman en cuenta las edades. De los más jóvenes, un 26,7 por ciento confía en que no hay trampas en lo que se muestra, es decir, en que lo que sucede no obedece a un guión. Ese porcentaje baja abruptamente al 6,3 en el segmento de los mayores. También hay diferencias según sea el nivel socioeconómico de los entrevistados. Los “creyentes” del ABC1 sólo llegan al 9,2 por ciento, mientras que los del D2E trepan hasta el catorce por ciento.
Esta cuestión de la confiabilidad parece sustancial para programas que se publicitan con consignas como “la vida real en directo”. ¿De qué valdría un reality show que fuera mentira? Se trata de una pregunta que, junto con las dudas por la calidad de esa “vida real” que se muestra a través de participantes no siempre ingeniosos, viene desvelando a sociólogos y analistas.
En los Estados Unidos, en tanto, acuñaron un término capaz de hacer superflua la polémica: en lugar de reality shows, “docu-soaps”. Obviamente, “docu” por documental, y “soap” (en inglés, jabón) porque eran las marcas de jabones las principales auspiciantes de las telenovelas cotidianas. El término describe bien el género: nadie es totalmente “real” si sabe que está siendo filmado todo el día. De una manera u otra, con guión o sin él, llega a transformarse en personaje de ficción. Tal vez a todos nos suceda lo mismo ante una visita inesperada del suegro o de la suegra, pero este tema excede los límites del mundo de la televisión y también los del mundo de las encuestas”.  Hugo Caligaris