1999- “Aulas calientes” por Luis Alberto Fdez.Hermana

“Aulas calientes” por Luis Angel Fdez.Hermana, publicado originalmente en En.red.ando el 28/09/99

Este fin de semana me tocó impartir una conferencia sobre “Internet en la Educación”, en el marco de las XVI Jornadas Nacionales sobre Energía y Educación, organizadas por el Foro Nuclear en Madrid. 700 maestros de toda España llenaban el Gran Anfiteatro Ramón y Cajal, de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense. La conferencia derivó en uno de los debates más interesantes que me ha tocado en suerte sobre la cuestión de la educación en la Sociedad de la Información. El interés por el tema era evidente entre la audiencia. Pero, lamentablemente, también lo era la enorme distancia que todavía nos queda por salvar para poner en pie un sistema educativo firmemente asentado en las peculiaridades de la Sociedad de la Información.
Como he dicho muchas veces, esto no se consigue simplemente llenando de ordenadores las aulas de informática, ni garantizando el acceso a Internet en las escuelas de unos cuantos maestros y alumnos, aunque es un comienzo imprescindible. Si al mismo tiempo no forjamos una visión madura del mundo que se van a encontrar educadores y alumnos a la vuelta de la esquina, la tentación de resolver los problemas por la vía de acciones de gran repercusión pública, pero de escaso significado real, es irresistible. Y, al final, perderemos todos y quedaremos inermes ante ofertas de esa visión generadas en otras partes, mucho más trabajadas y bien traducidas.
Los principales obstáculos que nos encontramos en la elaboración de esa visión aparecen nítidamente apenas metemos en un mismo recinto a un buen número de maestros para debatir el papel de Internet en la educación. Y la reunión del Madrid no fue, por supuesto una excepción. A fuer de ser demasiado reduccionista, los numerosos argumentos críticos que vertebraron la interesante discusión que siguió a mi exposición podrían resumirse en este: Internet es un fenómeno tecnológico y como todo fenómeno tecnológico, puede ser efímero.
Esta concepción me parece que se deriva de la tradicional pobreza de la enseñanza de la tecnología como asignatura en nuestros centros educativos. De la pobreza tecnológica de estos, como se refleja en el confinamiento del trabajo con ordenadores en “aulas de informática”. De las evidentes dificultades para conseguir que el ordenador juegue un papel medular en el proceso educativo, mucho más si además tiene que estar conectado (lo cual plantea engorrosos problemas de infraestructura) y, encima, hay que pagar facturas de teléfono (lo cual plantea engorrosos problemas burocráticos).
Pero, lo más importante, es que considerar a Internet como una mera adición tecnológica a los actuales recursos educativos enmascara su verdadera naturaleza: una red mundial de ordenadores que almacena información y la que los usuarios pueden acceder de manera simultánea y desde cualquier punto de dicha red. Y no sólo a través de las páginas web, sino de una batería de tecnologías que presuponen siempre la existencia de interlocutores. Se trata, pues, de un entorno virtual que favorece la relación entre personas y grupos, potencia el trabajo en colaboración, favorece la distribución de inteligencia y conocimientos y, para decirlo de una manera gráfica –a riesgo de ser simplista–, en el caso específico de la educación, disuelve los muros de la escuela, calienta el clima de las aulas, y trastoca la relación entre el maestro y el alumno forjada desde la Revolución Industrial. Esto no lo consigue un escáner, una fotocopiadora, un proyector de diapositivas, ni un ordenador provisto de procesadores de texto, hojas de cálculo y bases de dato. Esto sólo lo consigue la interconexión entre ordenadores y las relaciones que establecen los individuos a través de estas redes.
A partir de este punto, todas las objeciones planteadas a la cultura virtual no se pueden sostener simplemente a partir de meras impresiones personales y sin un trabajo científico que las fundamente. Cuestiones como la supuesta desestructuración de la personalidad de los niños al funcionar con un medio tan impersonal como Internet, el dudoso valor educativo de los videojuegos o ciertos peligros que se han popularizado como inherentes a las tecnologías de la información, suelen denotar más un temor hacia e, incluso, una ignorancia en el uso de estos recursos.
La cuestión de fondo, a mi entender, es cómo respondemos simultáneamente a tres preguntas:
Qué educación (el contenido). En nuestro país, apenas existen foros multidisciplinarios donde maestros, pedagogos, padres de familia, alumnos, editoriales, fabricantes de videojuegos y otros materiales multimedia, industria privada, etc., converjan para forjar la visión de que hablaba al principio. Esto, en lo inmediato, se traduce en una alarmante escasez de materiales multimedia y de medios para aprovecharlos (desde formación a recursos de infraestructura). Las inversiones en libros de texto en relación con las destinadas a estos nuevos materiales no guardan ninguna proporción con la evolución a pasos agigantados de la Sociedad de la Información. Seguimos anclados, en gran medida, en la educación libresca con todas sus consecuencias.
Cómo se imparte la educación (el uso de las redes y, entre ellas, Internet). La educación de la Sociedad de la Información no es lo que tenemos ahora más una dirección de correo electrónico, de la misma manera que la Revolución Industrial no era la sociedad agraria más el tractor. Es necesario desarrollar las tecnologías conceptuales que permitan trabajar en grupo, participar de la inteligencia distribuida en la Red, generar nuevos contenidos en un contexto donde se superen las viejas barreras disciplinarias y se ajusten cuentas con las nuevas áreas del conocimiento que están emergiendo. Si la inclusión de Internet en la educación se reduce a aprender a buscar información, mejor fiar esta tarea a los agentes inteligentes prohijados por la inteligencia artificial y apagar la luz. La educación digital requiere nuevas tecnologías de encuentro e intercambio de conocimientos, donde interactúen seres concretos. Y, otra vez, son imprescindibles los foros muchidisplinarios para guiar este proceso.
De qué manera se imparte la educación (la reorganización de la actual estructura educativa). La cultura virtual es una apisonadora de los tradicionales campos del conocimiento. Geografía, historia, matemáticas, literatura, ciencias, etc., no tienen sentido como áreas (y horarios) asignados a los correspondientes maestros, cuando el aula virtual, precisamente a través de las tecnologías mencionadas en el párrafo anterior, permite un abordamiento integrado de estas materias, pero no como una simple amalgama de todas ellas, sino como una nueva definición del conocimiento. Cualquiera que se entretenga un rato con algunos de los videojuegos de mayor éxito, como La Era de los Imperios (por citar uno), se dará cuenta del desafío que se nos viene encima desde este punto de vista.
O sea, lo dicho: no basta con poner Internet en las escuelas. No basta si los maestros no se involucran lo más pronto posible en la reorganización de la educación a un mundo de redes. No basta si no crean foros de debate con la perspectiva de desarrollar tecnologías conceptuales que resuelvan la participación de todos los factores involucrados en el nuevo paradigma educativo. La esperanza de que una autoridad central resolverá “los planes de estudio” de la Sociedad de la Información se da de bruces con la propia lógica de la cultura virtual, donde la creatividad y la innovación de individuos y organizaciones genera nuevos marcos para el desarrollo de la persona de una manera impredecible. Este es un proceso evolutivo complejo alimentado por ingredientes aparentemente tan dispares como la investigación científica, la reformulación del interés público, la competitividad del mercado, el cultivo de nuevas capacidades artísticas y la innovación tecnológica.
En el actual curso educativo, todas las escuelas públicas de Catalunya cuentan con conexión a Internet y con un aula informática dotada con un par de ordenadores multimedia, gracias a los proyectos Argos y Educalia en los que participan la administración pública y la empresa privada. Es un comienzo todavía lastrado por una visión de acumulación de infraestructuras. Como dice Virginia Postrel, si no conseguimos escapar de ciertas preconcepciones y prejuicios justo cuando los grandes principios se ven sometidos a una feroz crítica, podemos acabar como enemigos del futuro, que es, como todos sabemos, una forma concreta de romper con el presente e iniciar el viaje típico del náufrago que ve pasar los barcos desde lejos.

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